14 ventanas rotas a superar en pareja

La teoría de las ventanas rotas se basa en un sencillo estudio del profesor Philip Zimbardo que realizó en 1969 para la Universidad de Stanford, con el objetivo de analizar la psicología social y la importancia del entorno. Dejó dos coches idénticos (misma marca, modelo y color) abandonados en la calle. Uno de ellos lo aparcó en el Bronx, entonces un barrio muy conflictivo y pobre de Nueva York, y el otro en Palo Alto, un barrio rico y tranquilo de California. El situado en el Bronx fue expoliado en apenas unas horas, sobre todo al caer la noche, cuando le robaron incluso el motor. El de Palo Alto se mantuvo intacto durante una semana. Sin embargo, los investigadores fueron un paso más allá y decidieron romper una ventana del vehículo y esperar a ver qué sucedía. El resultado fue increíble, en sólo unas horas, el coche fue desvalijado como había pasado en el Bronx.

¿Por qué el vidrio roto del vecindario de clase alta y seguro había disparado todo el proceso? Muy sencillo: una ventana rota en un coche abandonado transmite una idea de deterioro, desinterés, despreocupación, que va destruyendo los códigos de convivencia, e impone otros, como la ausencia de ley, de normas, de reglas, creando la sensación de que el valor es tendente a cero; de que todo se puede hacer ya que a nadie le importa. Cada nuevo ataque que sufrió el coche reafirmó y multiplicó esa idea, hasta que la escalada de actos, cada vez peores, se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional en la que ya no influye la necesidad del entorno o su pobreza.

Los experimentos posteriores de James Q. Wilson y George Kelling determinaron que los delitos no van vinculados a la necesidad, sino a las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores. Esta teoría, aplicada a las relaciones de pareja es clara. Si rompes una ventana, has comenzado el ciclo de descomposición y desatado el deterioro. Si tardas en arreglarla seguramente ya se hayan producido daños colaterales que jamás puedan ser compensados al haber creado una cadena de desarmonía. Si la arreglas rápidamente, debes asegurarte de que no vuelve a suceder, ya que en el imaginario común de la pareja permanecerá la idea de que se puede volver a romper. Así que hazme caso, huye de estas 14 ventanas rotas y nunca rompas una... O empezarás pronto a notar el frío.

1. Diferencias sociales, culturales y de hábitos

Se suele decir que dos personas que vienen de realidades diferentes pueden complementarse y enriquecerse con sus experiencias. Yo así lo creo también. Aunque evidentemente y por desgracia, eso sólo ocurre en ocasiones. Las diferencias en educación y en hábitos cotidianos pueden ir generando un malestar y una serie de conflictos que suelen terminar en distanciamiento o enfriamiento.

La semilla de no comprenderse, no aceptarse y no tolerarse en hechos y opiniones radica básicamente en la competición que uno de los dos miembros de la pareja, o ambos, libran para llevar la razón por encima de la propia relación, y arrastrar la voluntad del otro. Suele aparecer cuando una parte, o ambas, ven la relación como una batalla en la que se debe imponer el criterio propio, ya que de ese modo no se necesita salir del círculo de confort, ni hay que adaptarse a una nueva realidad, que es la de su pareja.

La dominación por parte de uno de los miembros de la relación en situaciones individuales es normal y sana. Por ejemplo, una de las dos personas conoce mejor ciudad de Almería y es lógico que se la muestre a la otra, guíe las excursiones y recomiende locales o playas. La otra conocerá mejor Madrid, y entonces deberá tomar las riendas, sin que su pareja deba sentir que ha perdido poder. Pero... ¿Qué sucede cuando una de las personas siempre quiere imponer su criterio? Que ni se disfruta de Almería, ni se descubre Madrid, porque los conflictos aparecen constantemente.

Para evitar esta situación, es recomendable que se atienda a las razones de ambos, se aporte la información y se escoja con generosidad, sabiendo que si nuestra opinión o hábito es el aceptado, deberemos esforzarnos en hacer fácil la adaptación a nuestra pareja. Así sucederá también con opiniones sobre los temas más diversos, en los que hay que consentir que existen otras realidades y verdades diferentes a las propias, reconociendo, comprendiendo y tolerando siempre la realidad individual de la pareja. Y, evidentemente, llegado el caso, si dichas realidades no son acordes a nuestros intereses o metas, la relación deberá separarse.

2. Contraste de personalidades

Existen personas que no encajan. Por mucho que lo intenten y mucho cariño, pasión o amor que se tengan, la constante guerra que provocan hace que la relación sana se viva sólo en el intermedio entre batallas, a cada día más cruentas, porque en cada lucha se gana munición para la siguiente. Las cicatrices continuas que se van marcando en la relación se convertirán en reproches y éstos en rabia, frustración y de nuevo, recriminación.

Estas relaciones contienen un elemento muy nocivo. La propia vanidad individual juega a demostrar que esa relación debe funcionar, provocando un autoconvencimiento que no se basa en la realidad de lo que se tiene, sino en la creencia de lo que se debería tener. Obviamente y de nuevo, según el criterio unilateral de una de las partes. De ahí que el bucle sea largo y de muy dificultosa ruptura, ya que se suele caer una y otra vez bajo el pensamiento «esta vez seguro que sí funciona».

La mayoría de los casos son salvables, pero siempre y cuando ambas partes estén dispuestas a escucharse, reestructurar sus personalidades y adaptarse en pretensiones, tiempos o exigencias, y eliminando las aristas que están provocando el conflicto. Aprender a dominar el carácter y el temperamento y no explotar a la primera de cambio es fundamental en estos casos. Y por supuesto paciencia. Mucha paciencia.

3. Las distintas fases del amor

Del enamoramiento o fase de fusión inicial se suele pasar a la fase de relación y vinculación. En estas etapas, existe mucho sexo, atención por la otra persona, deseo de hacer feliz y ansia de conocimiento (si no existe todo esto aquí, es mejor que salgas de esa relación porque no va a ningún lado). Habitualmente en esta etapa es en la que menos cuidado tenemos en los cimientos de la relación, porque otros elementos funcionan de enganche como la pasión o el descubrimiento de algo nuevo. La tercera fase de la relación es la convivencia, que aunque suele ver disminuido el ingrediente de pasión, el amor se refuerza con el compañerismo y el objetivo común. Las discusiones en esta etapa vienen dadas por los roles, la asignación de tareas o malos entendidos derivados de las carencias de las fases anteriores.

La cuarta fase es la de la autoafirmación y suele darse a partir del cuarto o quinto año juntos. Es en la que ambas personas deben sentirse realizadas desde la individualidad y, por lo tanto, se debe desarrollar la autoestima personal y el compromiso común, puesto que la siguiente etapa, la de la colaboración, obtendrá su éxito o su fracaso si la otra persona ha conocido, aceptado, tolerado y se ha comprometido con los objetivos de la pareja sin renunciar a los suyos propios.

La última de las fases, la de la adaptación, suele estar predominada por la aceptación de la realidad y la adaptación a los factores externos (hijos, familiares con dependencia…) y es donde la amistad predomina. La pareja se convierte en quien nos acompaña en el viaje y sobre en quien nos podemos apoyar.

Por desgracia, no suele darse que ambas personas pasen a la vez de etapa, por lo que los conflictos están asegurados si no se pactan necesidades y hábitos en común que fortalezcan la unión, sin renunciar al estado individual. No se trata de estar ambos siempre en la misma fase, eso sería complicado porque no se puede obligar a sentir algo diferente. Se trata de comprender dónde está cada parte y cubrir las necesidades oportunas. Así pues, ¿en qué fase estás? ¿Se cubren tus necesidades? ¿Y las suyas? Es momento de ponernos manos a la obra.

4. El crecimiento de la familia

El primer hijo suele ser un tema que genera conflicto y es una de las ventanas rotas más complicadas de sortear por las frustraciones que genera. Decidir si se desea o no tener descendencia y cuándo es el momento oportuno, más allá del deseo mutuo de formar una familia, suele acarrear grandes discusiones si ambos no están alineados en la misma posición.

Hay que tratar este tema con neutralidad y no presuponer que el recelo al embarazo es un rechazo hacia la otra persona. Entender los objetivos, metas y tiempos que cada uno tiene en mente, así como analizar las consecuencias y las virtudes, son elementos que suelen ayudar. Sin embargo, si no existe ilusión real, será muy complicado superar esta barrera porque existen dos factores motivadores de la situación: el estrés y la insatisfacción personal.

Este conflicto deber abordarse entendiendo que la mayor parte del estrés viene producido por cuestiones como «de dónde sacaré el tiempo», «no sé si estoy o estamos preparados», «qué vamos a hacer»… Y sí, por desgracia un nuevo miembro en la familia ocasionará mucho estrés en la relación. Pero ¿sabes qué? Es que ese concepto de relación pasada ya no existirá más, ahora seréis una familia. Una nueva relación. Un nuevo mundo. Un nuevo círculo de confort. No sucumbas al estrés y reestructura tu agenda y tus tiempos. Nadie aprendió sabiendo y, mucho menos, con la agenda hecha.

La insatisfacción personal es el segundo tema espinoso. El primer embarazo puede provocar en alguna de las partes una situación curiosa, pero a la vez dramática. Justo al conocer que se va a ser padre o madre, se realiza un juicio o balance vital en el que toman relevancia todas aquellas cosas que se deseaba hacer y que ahora, por la llegada del bebé, no podrá ser posible. Es, por decirlo de algún modo, la creencia de que la vida que deseaba ya no podrá nunca ser vivida. Eso generará un conflicto interior en el que la frustración, la ira y la rabia serán las protagonistas. Pero sinceramente, ¿acaso no hay personas que se licencian con setenta años, que dan la vuelta al mundo con sesenta o incluso que cambian de profesión entrando ya en la edad madura? Créeme cuando te digo que la descendencia no es un problema en ese aspecto, sino que lo es tu falta de convicción y disciplina. La vida que deseabas está esperando a ser conquistada por ti, sólo que ahora, además, lo harás en compañía.

5. Factores externos

Desde drogas hasta familias complicadas; desde viajes por trabajo, hasta amigos molestos. Los factores externos son elementos no elegidos por uno mismo, que deben aceptarse obligatoriamente al amar a la otra persona. No ha existido ni contrato, ni nuestro consentimiento, sencillamente existen. Estos factores pueden aparecer de repente o haber sido obviados en las primeras fases de la relación. El planteamiento aquí debe ser claro. Como dijo Ortega y Gasset: yo soy yo y mis circunstancias. Si vas a crear una pareja radiante debes hacerlo asumiendo la realidad común y entendiendo las carencias o necesidades que la otra persona tiene. En tu mano está la elección de mantener esa relación o no, si decides que dichos factores externos no los quieres en tu vida y no se atiende a una negociación. Nunca intentes esperanzarte con el cambio de las circunstancias de tu pareja sin su propio convencimiento y compromiso real. Eso nunca funciona.

Trazar una nueva estrategia o rumbo, reconducir esos factores y pactar unos acuerdos de mínimos serán totalmente necesarios para la supervivencia de la relación.

6. Los fantasmas del pasado

Si hablamos de personas adultas (que no necesariamente maduras) sabemos que siempre arrastran maletas emocionales. Parejas que no funcionaron, posibles infidelidades, engaños y puede que frustración o dolor debido a sus relaciones anteriores. Ese poso emocional nos hará creer que todo presente es como nuestro pasado, castigando el hoy, por nuestros episodios del ayer y con una constante: la creencia por experiencia, se convierte en realidad.

Éste es uno de mis fantasmas preferidos por su irracionalidad y los boicots que llegan a producirse sólo para demostrar que los patrones se han repetido. La otra persona vivirá una indefensión absoluta, una frustración inevitable, una rabia contenida al verse una y otra vez juzgada con premeditación, pero sobre todo, vivirá con malestar un sometimiento ante algo que no puede modificar: el pasado de su pareja.

Evidenciar con pruebas tangibles y concretas la diferenciación entre pensamientos, creencias y hechos, plantarse ante las injusticias que se sufran por episodios anteriores y provocar vivir el hoy sin lastre son las alternativas. Pero al igual que con la ventana rota anterior, la superación de este enemigo de la relación parte sólo del deseo de cambio y confianza de la otra persona. Si me dejas, te daré un consejo sobre el punto irracional que deberás combatir: la intencionalidad. Nunca se tratará de lo que se haga o no, sino de la intencionalidad que la otra persona cree que te llevó a hacerlo. Ése es el punto a proteger.

7. Infidelidad

Muchas personas hablan de la infidelidad como algo natural y, por lo tanto, inofensivo. Bueno, también el veneno de la cobra es natural y no por eso es algo saludable.

Dejemos a un lado las parejas en las que libremente se ha acordado que el mantener relaciones sexuales con otras personas es algo aceptable. Si el equilibrio y la equidad se mantienen y ninguna de las personas sufre con ello, no existe ventana rota alguna... ¿O sí? Es curioso que lo que es imperdonable para la mayoría de las parejas, el acto sexual, en este tipo de relaciones pasa a un segundo plano. El sufrimiento se provoca por otro concepto: la infidelidad emocional. Consideran un engaño cuando existen emociones ligadas al compromiso de otra persona y, por tanto, ésa es su mayor infidelidad y miedo.

Para la mayoría, la infidelidad es una cicatriz en la relación que jamás será perdonada u olvidada. No importa que intentemos racionalizar dicho acto, siempre dejará un poso en la relación que acabará destruyendo los pilares más sólidos. No importa que intentemos justificarla bajo premisas habituales como la falta de autoestima, la monotonía, una vida sexual deficiente, la necesidad de sentimiento de protección, la búsqueda de nuevas sensaciones, un gesto de poder sobre la relación, que haya sucedido al ver nuestra libertad amenazada o, incluso, como la necesidad que sienten algunas personas en tener relaciones con alguien radicalmente opuesto a sus parejas para de este modo recuperar el sentimiento por ellas (retorcido, pero real). Y no importa todo lo anterior porque la infidelidad es, en todo caso, un acto de traición, de engaño, de deslealtad.

Y esa ruptura de la lealtad establecida se convertirá en una rémora que intoxicará todos los actos posteriores, generará una sombra de duda sobre las acciones o pensamientos de la persona infiel y destruirá la confianza entre las partes. Además, las infidelidades generan una sensación de desprotección y de inseguridad futura. Por mucho que hayas leído al respecto, créeme, ninguna pareja vuelve a brillar con la misma potencia tras una infidelidad no pactada. Ni cuando se conoce, ni cuando se acepta, ni en el futuro.

No obstante, no seré yo quien asocie obligatoriamente infidelidad y ruptura, entre otras cosas porque son demasiados elementos los que están en cuestión. Pero es evidente que tras una infidelidad sólo existen dos opciones: la ruptura y el consiguiente enfrentamiento a una etapa de incertidumbre e incomprensión, o superar el episodio conjuntamente sabiendo que una infidelidad puede perdonarse, pero su olvido seguramente no llegue nunca. Sin olvido no habrá posibilidad de volver a brillar… Así que tú pregúntate: ¿serías realmente capaz de aceptarlo, superarlo y olvidarlo?

¡Ah sí! También hay una tercera opción, la de no caer en el sincericidio y ocultar ese error. Sin embargo, este paso es sólo recomendable si tienes claro que ha sido un error, sientes vergüenza y arrepebtimiento y si consideras que puedes enfrentarte a ello con madurez cuando tiempo después se descubra ya que, como dice mi chica... «la verdad siempre sale».

8. Celos

Los celos no son amor. Punto. Los celos son un estado de ansiedad producido por la sensación o creencia de posible pérdida de lo que se tiene o posee. Por esto mismo, los celos jamás pueden venir del amor hacia otra persona, sino del egoísmo de que desaparezca lo que creemos propio.

En muchas situaciones de celos hay, más que amor o miedo a la soledad, otras causas como los sentimientos de posesión de la otra persona, la necesidad de control, la inseguridad en uno mismo, la envidia hacia la mayor riqueza de la vida emocional de la pareja. Así que créeme, los celos de este modo, ni son útiles, ni necesarios.

Los celos son una emoción y eso implica que, como el dolor o la alegría, están presentes en nuestra propia esencia. Toda persona siente celos en algún momento concreto, aunque lo disimule o lo gestione de una forma silenciosa, como a veces se hace también con el dolor o la alegría. Muchas personas, normalmente las celosas, defienden la necesidad de su existencia, argumentandoque la ausencia de celos es sinónimo de falta de interés. Evidentemente es una falacia, ya que puedes estar muy interesado, por ejemplo, en tu trabajo y lo que haces para mantenerlo es esforzarte más y trabajar más duro y no otra cosa. Cuando sientes que tu pareja te interesa, ¿también te esfuerzas más y trabajas más duro por ella? ¿O prefieres someter tu incertidumbre al control y la desconfianza?

Los celos pueden servirnos para comprobar lo que tenemos y valorarlo. Otorgarle importancia y no dar por hecho que aquello que se conquistó una vez, sólo por ese hecho, estará siempre a tu lado. Pero sólo si son compartidos con tu pareja y no agresivos contienen esa vertiente positiva, ya que por desgracia, lo habitual es una deriva patológica que destruye la felicidad común, la autoestima propia y el equilibrio de tu pareja.

El problema de los celos es que no son racionales y en muchas ocasiones son los propios celos el motivo final de que la relación se acabe. Pongamos un ejemplo: empiezas sintiendo algo de inseguridad y comienzas a controlar a tu pareja porque no quieres perder lo que tenéis. Sus explicaciones o acciones crees que podrían ocultar algo y entonces castigas a la otra persona endureciendo la comunicación, lo cual da lugar a conflictos. Como discutís, tienes miedo de que otra persona aparezca en su vida y le aporte la felicidad que ya no compartís, así que para que eso no suceda, se endurecen aún más los controles. Y así hasta que una de las partes acaba rompiendo el bucle ante la presión. ¿Sabes qué dirá la persona celosa en este caso? «Lo sabía, seguro que había otra persona».

9. Las funciones y responsabilidades del hogar

Si ha habido palabras que son importantes en una relación de pareja son equidad y equilibrio. Las tareas del hogar conforman un foco de conflicto que radica en tres elementos fundamentales: la educación machista que la sociedad ha recibido que convierte a las mujeres en las responsables en exclusiva de esas tareas, la no aceptación por parte de uno de los miembros de la pareja de que el trabajo fuera de casa y dentro de casa tiene el mismo valor y la diferente escala de premura que las personas establecen en las tareas.

De ese modo, ante un problema de educación, el único camino es la reeducación. En mi casa, por ejemplo, éramos tres hermanos y siempre hemos compartido con nuestra madre las responsabilidades del hogar. Hecho que se repite, pasado el tiempo, en cada una de nuestras viviendas y familias. Si se educa en equidad, se educa en salud para la pareja futura.

El creer que el trabajo fuera de casa o remunerado tiene más importancia siempre me ha recordado a las huelgas de basura. Nadie valora el trabajo de los basureros hasta que se deja de hacer ¿Te imaginas una huelga de brazos caídos en casa? Por suerte sólo duraría hasta que se acabasen los vasos limpios. Organizar tareas y actuar con generosidad en su reparto según el estado circunstancial físico y mental de nuestra pareja evitará conflictos.

¿Cuánto tiempo puede estar el polvo sin limpiar? ¿Y los baños? Si tu respuesta es «cuando estén sucios» es que entonces no limpias mucho. Aun así, la premura—«hay que hacer la tarea y hacerla ahora»— suele ser el detonante de todas las discusiones a este respecto. Probad a pactar con sutileza: «¿Te parece que bajas la basura en el próximo descanso mientras que yo recojo un poco esto?». Ésa sí es una buena fórmula.

10. Insatisfacción sexual

El sexo es una de las piedras angulares de toda relación, ya que es el único elemento que atiende por igual a los tres elementos de la teoría triangular del amor: Compromiso, intimidad y pasión. El sexo es compromiso con la otra persona y responsabilidad de su placer, es intimidad al compartir en torno a ello conversaciones y momentos únicos y es por supuesto pasión (no creo que haga falta exlpicar el por qué). Sin embargo, casi el 30 por ciento de las parejas conviven sin tener una plena sexualidad y, lo que es peor, sin comentárselo entre ambos.

No existen excusas válidas. La insatisfacción sexual es un enemigo vigoroso de la relación que debe ser erradicado. Y si no podéis en pareja, para eso existen profesionales especialistas que volverán a hacer que la relación brille en esto también.

No es excusa la educación sexual rígida o cerrada y esa falsa creencia de que el sexo es malo o sucio. El sexo es natural y biológico, es bueno para nuestra salud y además une como ninguna otra cosa a la pareja. Vive y disfruta tu naturaleza.

No es excusa la falta de información respecto a la anatomía (habitualmente la femenina) y su estimulación. Libros, vídeos, profesionales... Existen mil formas de descubrir el uso y disfrute del cuerpo de nuestra pareja. Ponte las pilas.

No es excusa la baja autoestima y la inapetencia por ello. Cuando se vive centrado más en lo que se debe hacer que en lo que se quiere y se necesita hacer, suele establecerse la creencia del instrumento sexual. Para evitarlo, vive plenamente tu cuerpo, incluso aunque haya partes de ti que no te gusten demasiado, comprobarás como a tu pareja le apasionan. Eres tú quien eres capaz de provocar todo eso en la otra persona. ¡Convéncete!

No es excusa el cansancio o el estrés, ya que aunque el ritmo de vida actual nos haga llegar fundidos, el sexo es energía y hay que tomar la iniciativa. Cambia de rutinas, escoge los mejores momentos y provoca el lado más salvaje de tu pareja... Verás cómo se le pasa el cansancio. Quien enciende el fuego, calienta el puchero.

Háblalo con tu pareja, comunícate. Es curioso que precisamente el lado más animal y primario que tenemos es aquel que requiere de más conversación y gestión emocional. ¿Sabes qué le gusta a tu pareja? Y, lo más importante: ¿sabes qué le gustaría que le hicieras y no se atreve a pedírtelo? Descubre un nuevo mundo y salta esta fastidiosa barrera. Sexualiza tu pareja.

11. La rutina

El desgaste de la rutina es patrimonio fundamental en cualquier relación ya que, llegado el momento, todos los días parecen ser el mismo día. Cuando la pasión desaparece, queda el hábito y cuando en éste no existe variación, llega la temible costumbre. Es muy difícil combatir este problema de pareja porque es precisamente el gran conflicto de las relaciones, parejas y matrimonios de media y larga duración.

La rutina provoca desafección, falta de ilusión, apatía y frustración. Es una de esas sombras silenciosas que se va estableciendo en la relación y, poco a poco, incluso aquello que antes os hacia felices se ha transformado en mera rutina. ¿Ir al cine los miércoles? Al principio es maravilloso, luego sencillamente rutina. ¿Tomar un café en vuestro rincón favorito de la ciudad? Si es esporádico, genial; si se hace como costumbre, rutinario y aburrido.

Un buen método de renovar la relación es a través de la sorpresa: un viaje inesperado, invitar a tu pareja a un sitio que desconoce sin decirle antes adónde va, cambio de fechas en vuestras rutinas, una cena especial, algún regalo apropiado y no material. La imaginación es muy importante pues determinará aquello indicado para revivir la pasión y el romance.

12. Problemas económicos

Maldito dinero. Somos capaces de hacer cualquier cosa por él y, por desgracia, de destruir cualquier cosa cuando nos falta. La sociedad en la que vivimos nos ha inculcado que sólo quien posee bienes materiales, vale. Así pues, la persona que deja de generar dinero, poco a poco pierde a su vez su valor. Aquello de «contigo a las buenas y a las malas» se convierte en un triste cliché. El beneficio individual choca con el sentimiento de desafección, sobre todo cuando no se han construido elementos de contingencia emocional para subsanar los procesos de estrés provocados por las carencias económicas.

Se ha demostrado que los dos grandes ejes del poder dentro de una relación son el sexo y el dinero. Esto, que tradicionalmente había estado incluso definido por sexos (ellas controlaban lo primero y ellos lo segundo), debido a los cambios económicos, sociales e incluso de uniones entre personas del mismo sexo, ha cambiado radicalmente. Ya no se trata de quién puede controlar el poder oportuno, sino de quién sufre más cuando el poder que creía propio se pierde.

La inseguridad, la rabia, la ira y los temores al abandono o a sentirse poco útil o prescindible se suelen apoderar de quienes pierden el bastón económico. La ansiedad que provoca el no tener recursos monetarios o, incluso para algunas personas, a veces sólo el hecho de que su pareja gane más dinero, se convierte en un lastre que generará conflictos constantes. Si bien es cierto que el propio miedo a la ruptura provoca que esta ventana rota no sea una de las que se transforma habitualmente en ruptura, sí que suele dejar grietas de difícil reparación futura.

Valorar a la pareja por lo que aporta en salario emocional, en equilibrio, en bienestar, potenciar los regalos no materiales, o incluso abrir una cuenta en un banco ficticio de besos y caricias es un comienzo. Luego es fundamental conversar sobre cómo crear un plan de gastos apropiado que permita ahorrar mensualmente un 10 por ciento de los ingresos, o reestructurar las finanzas familiares en función de la realidad y no de las expectativas. Pero para superar esta barrera, hay que terminar viviendo la economía como si de un equipo se tratase. Equidad en los ingresos o responsabilidades sustitutorias y equidad en el gasto o decisiones al respecto. Espalda con espalda. Comunicación, pacto e ilusión mutua.

13. La falta de reconocimiento

Llegas a casa tras un día duro y te encuentras que tu pareja ha preparado la cena. No te equivoques, no hay obligación, sino aparentemente acuerdo mutuo. ¿Le has dado las gracias por ello? ¿O al menos le has brindado un beso o un gesto agradable? Numerosos son los actos que una persona hace por la otra dentro de una relación y, desgraciadamente, en pocas ocasiones existe el reconocimiento, el agradecimiento y el premio. Y toda persona quiere su premio. Por muy habituados que estemos a que eso suceda.

Cuando algo que se hace con amor y desde el compromiso por la unión deja de tener ese elemento de reconocimiento, lo que se establece es una rutina y lo que disminuye es, en primera instancia, la calidad de dicho acto. Si cada mañana cuando despiertas a tu pareja con un beso y un «te quiero cariño, eres la persona más maravillosa del mundo», ésta reacciona tirándote la almohada a la cabeza o contestándote mal, un día el despertar será sólo un beso. Y ese beso dará paso a una única caricia, que finalmente acabará desvaneciéndose, y con ella esos despertares. ¿Y sabes qué dirá tu pareja entonces? Muy sencillo, que has perdido la magia porque antes cada mañana era un beso y unas palabras bonitas.

Aprender a reconocer las acciones de tu pareja evitará que la apatía y la dejadez se instauren en la relación. El sentimiento de amargura provocado por la falta de agradecimiento es duro y lleva a la oscuridad a la relación. Siendo uno de los detonantes de la monotonía y la rutina que antes mencionábamos, y a su vez, una fuente innegable de reproches y frustración. Esta ventana rota puede parecer liviana pero te garantizo que si el «da igual» o el «si total…» se instalan en el seno de la pareja, se convertirá en algo tremendamente tóxico para la relación.

Así que ya sabes. Da las gracias, haz un gesto cariñoso, ten unas palabras bonitas y disfruta de la luz de tu pareja al ver que su esfuerzo ha merecido la pena y es reconocido. Tan sencillo y que se nos olvide tantas veces…

14. Violencia

La violencia es una de las únicas causas que no admiten discusión alguna. Debes terminar con la relación de pareja. Los abusos emocionales, psicológicos, económicos, físicos y sexuales en contra del hombre, la mujer y/o los hijos deben determinar, sin duda alguna, la ruptura de una relación. Nadie merece el sometimiento. Ni los desprecios. No importa lo que creas que hayas hecho tú o quien sea, en el amor no entra la violencia. Si eres objeto de ella, rompe la relación. Y si por desgracia, te has transformado en una bestia dañina y violenta... hazte un favor y deja ir a la otra persona. Llegarán los lamentos, los ruegos, las promesas y los «voy a cambiar», pero contra la violencia, tolerancia cero. Porque como decía un lema publicitario, el amor no es la hostia.

14 ventanas rotas que pueden llevarte al expolio de la relación, al abandono más absoluto. Creo que merece la pena dedicarle un tiempo o al menos, a reconocer que sencillamente, te gusta pasar frío. Está en tu mano.

Ver enlace http://www.planetadelibros.com/libro-smile-2/116216